004: El niño y la torre

Luego de que ambos se conocieran en el bosque, comenzaron a viajar juntos. No pasó mucho tiempo hasta que el niño se abriese a Ahbul y le contara sus penurias. El archimago le explicó que había sido maldito por la criatura que atacó su pueblo, y por eso ocurría que las plantas y los animales a su alrededor morían cuando se acercaba. Le dijo que selló la maldición, pero que ésta seguía estando en su interior, y se haría más fuerte con el paso del tiempo. Si quería enfrentarla, tendría que aprender a controlarla y usarla a su favor, volver el poder de la maldición contra si misma.

Así, Zenor decidió aceptar la invitación del anciano para ir con él a la Torre del Amanecer. Al parecer ellos podrían ayudarlo. Entendió sin que se lo dijeran que una figura tan importante como el regente de la Torre no iba a estar preocupado por un campesino cualquiera como él, de modo que una vez llegaran a la Torre, estaría por su cuenta. A pesar de esto, el muchacho estaba profundamente agradecido por todo. Solo el hecho de que hubiese detenido el avance de la maldición y pudiese comer, sentir el calor de la lumbre, era más de lo que habría podido desear de un desconocido. Si él, su salvador, le hubiese pedido utilizarlo como un experimento, habría aceptado gustoso. Pero el anciano no parecía tener ningún interés. Parecía haberlo salvado por un mero capricho. Realmente debía tratarse de un santo, como decían las canciones de los héroes antiguos.

Excepto que Ahbul Liveworth si tenía un motivo oculto para rescatar al muchacho. El imperio había prohibido la magia de las sombras, pero el Magikus tiene voluntad propia y no se rige por las leyes de los hombres. Los magos de las sombras seguirían apareciendo espontáneamente, y acabar con todos traería un desastre sin precedentes por el desbalance que acarrearía consigo. Por esta razón las 5 torres buscaban a estas personas con afinidad por el Magikus de sombras y los entrenaban, a escondidas del Emperador. Usualmente estaban asociados a sucesos extraños, maldiciones o alteraciones locales en el balance del Magikus, y producían muchos problemas antes de que los encontraran, casualmente, como había ocurrido en este caso. En general eran problemas menores, pero si la guardia imperial llegaba antes, estos individuos eran ejecutados inmediatamente. 

La caminata duró mucho tiempo, durante el cual se hicieron pasar por una familia humilde que había perdido todo en un atraco en la carretera. Ahbul pagaba contando monedas de cobre y estaño, que cambiaba a lo largo del camino con algunos comerciantes que parecían reconocerlo a pesar de su disfraz. Procuró ropas y equipo básico para Zenor, incluyendo un bolso, dos mudas de ropa humilde, un kit de cocina, un yesquero y un pequeño cuchillo. 

Casi un mes y medio más tarde, luego de subir una cuesta que al muchacho se le hacía interminable, la Torre apareció frente a ellos. Aún se encontraban a una distancia importante, pero en medio del valle, mientras salía el sol, la Torre era lo más alto y, por lo tanto, lo primero que alcanzaban sus rayos. De un color dorado que parecía refulgir con las luces del alba, parecía una flecha proveniente del sol mismo. 

Zenor quedó maravillado desde el primer momento en que la vio. Había escuchado de ella, por su puesto, como cualquier niño de esta región. Había escuchado que los magos allí podían iluminar la Torre de noche y parecía siempre ser una fuente de luz para el pequeño pueblo que se había formado en las cercanías. Se decía que su luz actuaba como un farol para las criaturas del bosque, que las de buen corazón sabían que serían bien recibidas y las criaturas de la noche se alejaban, y que se les quemaban los ojos cuando intentaban mirar directo a la Torre. Se quedó pasmado unos minutos y luego corrió donde el anciano, alcanzándolo. Estaba secretamente feliz, había estado observando la Torre todo ese tiempo y nada le había pasado. 

-hasta aquí puedo acompañarte- dijo el anciano cuando se encontraban a un tiro de piedra de la zona de cultivos, en las afueras del pueblo al pie de la Torre. Llevaban ya tres semanas caminando con la torre dominando el horizonte

El muchacho asintió, un tanto apesadumbrado. 

La figura le sonrió y se convirtió en una voluta de humo blanco, y se dispersó en el viento. Zenor quedó perplejo. Imaginándose las posibilidades que se abrían delante de si. Sonrió para sus adentros y caminó en dirección al pueblo.

El pueblo estaba aún a algunos kilómetros del pie de la Torre, pero se llegaba a ésta desde un sendero bien demarcado. El pueblo era humilde, pero ampliamente frecuentado por mercaderes y emisarios de nobles, pues en sus calles se comerciaban artículos encantados por los magos de la Torre. No se canjeaban por monedas, sino por alimentos, materiales y conocimientos, especialmente libros antiguos y pergaminos. Por supuesto, los vendedores eran magos de la Torre, que se dedicaban a diferentes especialidades: armas, armaduras, artefactos, herramientas, de todo cuánto se pudiera imaginar. En su natal Zherek, el único artefacto mágico era el reloj del pueblo, que marcaba la hora sin alterarse y sincronizado con el reloj central del imperio, pues era un requisito obligatorio de cualquier asentamiento en el territorio, pero jamás había visto una olla que se calentara sola, un vaso que hacía agua del aire, o una roca que se mecía sola para planchar y estirar las ropas, ni tantas otras cosas que se promocionaban por doquier.

Sin duda, lo más imponente eran las armas. Espadas y filos las más diversas formas y colores llenaban los diferentes puestos. Algunas se cubrían en llamas o rayos, otras podían cortar desde la distancia con el viento. Una podía cortar roca como si se tratara de manteca. Zenor se dejó entretener por varias horas, antes de emprender la marcha por el camino principal. 

Al llegar finalmente al pie de la Torre, podía sentir su corazón en su garganta, amenazando con escapar. Tragó saliva y utilizó la manilla con forma de un sol asomando por el horizonte para llamar a la puerta. 

Ni bien hubo dado el primer golpe, la puerta se abrió lentamente, por su cuenta, revelando un pasillo de mármol tallado que conducía al interior. Comenzó a caminar, mirando a su alrededor. No había nada que le llamara la atención, era un pasillo extenso, pero poco adornado. El interior estaba iluminado como si la luz del sol lo alcanzara, pero no había ventanas ni tragaluces. Avanzó hasta alcanzar un recibidor amplio, donde un único escritorio y una mujer de unos 20 años esperaba, leyendo y transcribiendo documentos. Parecía una imagen cómica tener solo un escritorio en un espacio tan amplio.


-¿En que puedo ayudarlo? Preguntó con una voz dulce sin siquiera levantar la mirada. 
-Esto… quiero entrar a estudiar en la Torre

La joven levantó la mirada, y sonrió levemente. Su cabello era castaño y sus ojos de un marrón profundo, de facciones sencillas pero agradables. 

-Que gusto ver interés en alguien tan pequeño. Pero lamento informarte que el examen para los candidatos no será hasta dentro de un mes. Se realizan cada 90 días, así que tendrás que esperar un poco.
-Entiendo… - Zenor se volteó, apesadumbrado. 
-Si no tienes donde alojarte, podrías intentar en el pueblo, pregunta en el orfanato “Luz de Luna”. Di que Clarisa te envía.

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