002: El demonio y el niño

Su estómago rugía, pero no tenía las fuerzas para ponerse de pie. Se sentía agotado, como si hubiese pasado todo el día corriendo. El sol lo golpeaba fuerte en el rostro. Podía sentir pequeñas agujas clavándose en las diferentes regiones expuestas de su piel, quemándolo lentamente. 

Había sucedido de nuevo. Tenía una laguna en su memoria donde debería haber estado el atardecer, la noche y el amanecer. No era simplemente que se hubiese dormido, porque se encontraba en un lugar completamente diferente del que recordaba. Se encontraba dispuesto en un claro del bosque, donde un grupo de árboles se había secado completamente, hasta parecer petrificado, aunque sería más correcto decir que aquel claro se había formado porque él estaba aquí.

El suelo árido y desprovisto de vegetación, a excepción de los árboles petrificados, formaba un círculo perfecto a su alrededor. Y el dolor que lo hacía pensar que intentaban destruir su cuerpo tirando desde diferentes direcciones. Sin duda había ocurrido de nuevo.

Reunió toda su fuerza de voluntad y se incorporó. Inmediatamente un dolor lacerante, como si le atravesaran el pecho surgió. Grito y rodó por el suelo, tratando de hacer disminuir el dolor, pero este no cedía. Gritando fuera de sí, corrió hasta un árbol cercano, fuera del perímetro de vegetación marchita y tierra seca. Cuando se acercó, las hojas rápidamente se tornaron amarillas, luego café y se deshicieron en el aire. El tronco se agrietó y cambió a un color grisáceo y luego negro, como carbonizado, quedando idéntico a los del resto del claro. 

El dolor disminuyó un poco, pero seguía allí. El proceso se repitió 4 veces más antes de que el dolor desapareciera por completo. Se desplomó de espaldas, sintiéndose completamente agotado nuevamente. Su estómago rugió, furioso. ¿Hacía cuánto no probaba bocado? Debían ser al menos 4 o 5 semanas. Cuantificar el tiempo era difícil con tantas lagunas en su memoria. Hace más de un año que no comía algo preparado. El fuego se extinguía a su alrededor, la vegetación se marchitaba lentamente cuando estaba tranquilo y violentamente cuando sentía rabia, tristeza o dolor, y los animales parecían adelgazar mientras se acercaban a él. Vio horrorizado cómo un conejo se volvía solo pellejo y huesos cuando fue capturado mediante una precaria trampa improvisada. 

Por alguna extraña razón, sin embargo, no moría, ni sentía disminuir sus fuerzas. Solo sentía la intensa angustia de la hambruna y la desesperación  de no saber cuándo sería su último día, sin que este llegara jamás. Ahí fue cuando comenzó. O, más bien, cuando regresó. 

La memoria del pueblo de Zherek pasó fugaz ante sus ojos. Los gritos, las llamas, la gente apuntándolo, acusador. Pero al que apuntaban no era él. No podía serlo. El no era tan alto. No importa cuánto sintiese como sus brazos abanicaban, esas garras enormes no podían ser suyas. 

No, no podía ser el. Debía ser un mal entendido. Quizás sólo era una pesadilla, había logrado escapar por los pelos del demonio, y no debía culparse por la muerte de las personas. Si, seguramente era eso, una experiencia traumática. Así había leído en los relatos de los antiguos guerreros, cuando el imperio aún no se formaba. Decían que los generales soñaban con las muertes que ocurrían en los campos de batallas como si ellos mismos hubiesen cometido los asesinatos. 

Comenzó a recordar los cientos de libros que había leído en su tierna infancia, cuando su debilitado cuerpo apenas le permitía sentarse en su cama, y se había dedicado a leer todo cuanto llegara a sus manos. El rugido de su estómago pasó a segundo plano, y se dejó absorber por el sopor nuevamente.

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